Matteo Garrone, director de Gamorra con la que ganó el gran premio del jurado en el festival de Cannes, mantuvo nomicaciones en los Globos de Oro, BAFTA y otros premios que le han generado cierta fama internacional, nos presenta esta especie de mezcla entre
drama y comedia, aunque de comedia tiene más bien poco, donde hace una clara
crítica a la telebasura abundante en Italia y con el que ha ganado otro gran premio del jurado en Cannes.
Luciano (Aniello Arena), un padre de familia de vida austera que se dedica a realizar pequeños timos con
robots de cocina y posee una pescadería de escasos ingresos, se autodenomina un
personaje. Este personaje, para complacer a su familia, decide presentarse
a un casting de Gran Hermano, el reality show por excelencia de Italia. Lo que
empieza como un simple sueño se convierte en una obsesión llegando a trastocar
la cordura de Luciano.
La película se centra en esa crítica a la televisión comparándola
con la religión. Ante la posibilidad de entrar a la casa, Luciano, ve la
oportunidad de abandonar su desdichada vida y convertirse en un ser adorado
como Enzo, un ex participante del reality show que se dedica a hacer bolos en
bodas y discotecas. Comienza a comportarse como un fanático religioso de fe
ciega y paciencia infinita, realizando buenas acciones y evitando las malas como
si fueran observadas por en este caso, los organizadores de Gran Hermano.
A mi parecer, pese a mantener un mensaje de crítica claro
y contundente hacia la televisión, la película resulta decepcionante. No acaba
de funcionar y sufres la sensación de que la trama no avanza, de que tras esa
crítica evidente no hay nada más. No obstante, no resulta nada pesada de ver y
es un entretenimiento aceptable.


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